viernes, 6 de abril de 2012
"La vieja munición" de José María Castrillón
sábado, 31 de marzo de 2012
Poema de Adrienne Rich (1929-2012)

De El poder del tiempo:
Reparto de tareas
La revoluciones dan vueltas, pactan, hacen declaraciones:
una revista nueva aparece, viejos nombres en su cabecera,
una revista antigua abrillanta su obra
con deconstrucciones de la prosa de Malcolm X
La mujeres en las filas traseras de la política
todavía lamen hilo para pasarlo por el ojo
de la aguja, truecan huesos por plástico, rajan vainas
para venderlas como collares en los cruceros
hacen inmaculados vestidos de Primera Comunión
con planchas y vacilante agua caliente
todavía ajustan los microscópicos hilos dorados
en los chips de silicio
todavía dan clase, vigilan a los niños
desparecidos en las callejuelas de fuego cruzado, los barrancos de repentinas inundaciones
los repentinos incendios de queroseno
-mujeres cuyo trabajo reconstruye el mundo
todas y cada una de las mañanas
He visto a una mujer sentada
entre la estufa y las estrellas
sus dedos chamuscados de apagar las velas
de la pura teoría Índice y pulgar: los dos quemados:
he sentido esa cera sagrada levantarme ampollas en la mano
(Traducción de María Soledad Sánchez Gómez)
miércoles, 31 de agosto de 2011
Otro viejo poema
Esta luz que se apropia de paredes,
del sueño, luz de calma, de silencio.
Esta luz que no sabe de aduanas
y se ofrece sin tregua en desnudez,
arrasa inermes guardas de la noche,
telares de la sombra que nos teje,
denso pudor de cuerpos enclaustrados.
Instaura su transparencia de cuenco
para los primeros gestos erguidos
en la frontera, ciegos centinelas
que así predicen y ensayan las formas
de la materia. Aquí una mano turbia,
el escorzo de un pecho aún anegado,
un poso de légamo en la garganta.
Desleída ceniza de las sombras.
Roces, latidos, ritmos que concentran
este temblor azaroso del día.
Espesura de luz ya restaurada
para el nacer del tiempo entre los cuerpos.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Poema
I
Miras la planicie,
delicado horizonte invertido,
espejo incoloro del cielo. Se siente
la consagración del tiempo
como una ajena gravidez alada,
algo que ni nos pertenece
ni nos anuncia,
y la conciencia rechaza.
Ni figura ni sonido,
un trazo o una muesca
donde la lentitud
es roce del vacío.
II
Sobre un Sinaí de cristal
se esclarece la soledad del profeta.
Gesticula, invoca, saliva
su enajenada danza
de sílabas febriles. A lo lejos
se ahúsan y adensan en humo
y espiral. Apenas una niebla
que el viajero ignora.
III
Se despliega el firmamento,
yerto azogue incorruptible,
enorme pupila ciega que en vano
asaeteamos. Los niños son aspas
enloquecidas en la penumbra vespertina.
Los mercaderes rodean la carne
sacrificada del buey. Al encenderse las antorchas
todos sentimos la oquedad intolerable
de un ojo muerto.
IV
En el aire de la noche se cruzan
alfabetos diversos, vagabundos signos
que resplandecen ignotos. Efímeros
trenzados de iris, el día disipará
sus aristas de hielo.
Hasta entonces, las bocas durmientes
vivirán en sus antiguos cantos remotos.
Hasta entonces, todo será ceremonia.
V
En el horizonte, la ciudad
es una turbia fosforescencia marina,
inesperado coágulo de la memoria,
rumores y señales inciertas
que el ojo registra con indiferencia.
Las mujeres tienden su aliento;
sumisas a la soberanía del sol, deshacen
los mimbres de la noche.
El olvido es la cálida hogaza
que nos alimenta.
VI
Hoy la claridad es un útero de cristal
en el que flotan tribus y caballos.
Ninguna música
salvo el tiempo lento
de las pezuñas.
VII
Asentimos al soplo
que confunde nuestras huellas.
Un cuño de sal graba los archivos
de custodios y jueces, pero
somos la tinta desleída, la humedad
que en los márgenes imagina
animales heráldicos
y sombras rampantes. Fuimos
tamiz del sueño, conjetura
del aire entre las dunas.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Poema
El viento ha sabido destejer esta
memoria, limpiar
la minuciosa herrumbre del engaño.
En la tarde ciega se borra
como un rocío culpable.
Este rastro de sombras.
Vibran las hojas con dolor manso
y la muerte
lame la corteza del cerezo.
Ya pronto empezará
la desnuda ceremonia del frío.
sábado, 15 de mayo de 2010
Párrafos (y otros versos prosaicos)
QUÉ COSAS
Inundado de calma,
de extraña y lúcida calma:
si es que hasta veo la luna desde mi ventana,
si es que hasta se me refleja en el papel que escribo,
qué cosa; qué cosa tan extraña
este ir y venir de los parajes del miedo
a los paisajes —tibios—
de la calma.
Y no ha sucedido nada,
o nada más que el tiempo sumándose
hasta traerme aquí,
hasta dejarme esta noche frente a un ventanal
en el que brilla la luna —qué cosa—
y se refleja la calma. Qué cosas,
pero qué cosas pasan.
martes, 24 de marzo de 2009
Las ranas, por la tarde
Roncas eran las voces
de las ranillas al atardecer
allí donde el agua de la alberca, que manaba sin ruido,
relucía en la hierba.
Y rojo estaba el cielo
en los vasos vacíos,
todo un río la luna
en la mesa terrestre.
La tomaran o no nuestras manos,
idéntica abundancia.
Tuviéramos abiertos o cerrados los ojos,
idéntica la luz.
Yves Bonnefoy, Las tablas curvas (Trad. de Jesús Munárriz)
No sé bien por qué me gustó especialmente este poema desde que lo leí por vez primera, tal vez por su tono de depurada nostalgia del instante o por mostrar la plenitud sin alzar la voz, sostenida en su sencilla simetría compositiva y en esa trama sinestésica que nos apresa y nos excluye al mismo tiempo. O por la elegancia de ese decir lírico que cancela al sujeto justo después de haber sido convocado. Sea como sea, en francés debe de sonar aún mejor:
Rauques étaient les voix
Des rainettes le soir,
Là où l’eau du bassin, courant sans bruit,
Brillait dans l’herbe.
Et rouge était le ciel
Dans les verres vides,
Tout un fleuve la lune
Sur la table terrestre.
Prenaient ou non nos mains
La même abondance.
Ouvert ou clos nos yeux,
La mème lumière.
