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lunes, 2 de junio de 2014

Casa de citas ("The Immigrant" de James Gray)




«En “The Immigrant” de James Gray se reescribe el melodrama clásico con la influencia determinante de Griffith y sus figuras y situaciones más reconocibles (pulsión sacrificial, camino de redención, catarsis confesional…), por lo que no es de extrañar que con esos mimbres muchos tengan la tentación de etiquetarlo superficialmente de neoclásico o reaccionario. Hay, sin embargo, una intensidad en su dramaturgia formal que retiene las huellas de un exceso y un desbordamiento y termina traspasando los límites de ese imaginario formalista y nostálgico en que pudiera querer confinárselo. En este sentido, la ejecución interpretativa, el cuerpo siempre en tensión, excesivo, de Joaquin Phoenix –en un precario (des)equilibrio entre opacidad, erupción violenta y extraña ternura mórbida- es la encarnación perfecta de esa poética paradójica donde la suntuosa liturgia escénica deviene finalmente la máscara tirante e inestable de las convulsiones de lo real. [...]



El abigarramiento formal y semántico del plano de clausura es legible en múltiples direcciones: la simetría compositiva que conjura el antitético destino de los no-amantes, la duplicidad de un encuadre que es a la vez (estrecha) apertura liberadora y opresivo reflejo especular, la densidad temporal convocada desde la incertidumbre de un presente en sombras, la superficie del plano como espacio liminar entre trayectos y tiempos divergentes, entre el deseo cumplido y la deflación anímica de la derrota… Sin duda, la cualidad definitoria de su pregnancia es la de una suerte de celebración melancólica: daguerrotipo o lámina desvaída en la que se invoca por última vez a unos personajes exhaustos y suspensos en el limbo indeciso de la memoria.»

Xavier R. Vasco, (Des)composiciones neoclásicas

sábado, 15 de junio de 2013

Tan original como hermosa: otra melancólica historia de amor de Walter Benjamin (fragmento de "El Pañuelo")



¿No fueron ejemplares en este aspecto los antiguos que, por decirlo de alguna manera, drenaban los hechos desde el momento en que los despojaban de toda fundamentación psicológica, de cualquier opinión? Habría que reconocer al menos que sus historias estaban libres de explicaciones superfluas sin que, a mi modo de ver, perdiesen por ello su jugo. Las ha habido memorables, pero ninguna que demostrase ser tan original como la historia que sigue, una historia que hallaría aquella misma tarde en el muelle de Barcelona la más sorprendente de las conclusiones.
«Ocurrió hace muchos años, durante uno de mis primeros viajes a América cuando era guardiamarina —me había contado el capitán cuando navegábamos a la altura de Cádiz. Llevábamos siete días de viaje y el martes siguiente debíamos anclar en Bremenhaven. Hice a su debido tiempo mi ronda por la cubierta de paseo, intercambiando acá y allá algunas palabras corteses con los pasajeros, cuando, de pronto, reparé en que la sexta hamaca de la fila estaba vacía. Me invadió una sensación de angustia que puedo asegurar fue mucho más acusada que los días anteriores cuando dirigía un mudo saludo a la joven señora que solía estar echada en esa misma hamaca —con las manos entrelazadas en la nuca y la mirada perdida. Era muy hermosa, pero tanto o más que su belleza destacaban su comedimiento y reserva, que llegaban al extremo de que raramente se oía su voz —la voz más fascinante que recuerdo— frágil y vaporosa, oscura y metálica.
»Una vez, al recoger del suelo su pañuelo —todavía hoy recuerdo lo que me chocó su anagrama, un escudo con tres estrellas en cada cuartel—, escuché un “gracias” pronunciado con igual entonación que si le acabase de salvar la vida. Aquella vez terminé mi ronda y estaba punto de dirigirme al médico de a bordo para saber de una vez por todas si la dama estaba enferma, cuando me rozó un remolino de blancas gasas. Alcé los ojos y vi que la que suponía desaparecida, apoyada sobre la borda de la toldilla de popa, seguía con la vista un enjambre de pedacitos de papel con los que jugaban el viento y las olas. Al día siguiente, cuando estaba de servicio en cubierta vigilando la maniobra de atraque, crucé de nuevo la mirada con la desconocida que pasaba de largo. El barco estaba a punto de atracar y se aproximaba lentamente al muelle junto al que habíamos soltado el ancla. Se distinguían con claridad las siluetas de las personas que esperaban y la desconocida parecía sofocada. El deslizamiento de la cadena del ancla concentraba mi atención, cuando súbitamente se alzó un clamor; me volví y comprobé que la desconocida había desaparecido. Las gesticulaciones de los presentes daban a entender que se había precipitado en el vacío y que sería inútil cualquier intento de salvarla, pues, aunque se hubiesen parado las máquinas instantáneamente, el casco del barco estaba ya a menos de tres metros del malecón y la inercia lo empujaba —quien cayese entre ambos estaba perdido. Entonces ocurrió lo increíble. Había alguien dispuesto a intentar salvarla a toda costa, y todos pudieron ver sus músculos en tensión y las cejas fruncidas como si pretendiese saltar por la borda. Instantes después, mientras el barco se desplazaba sobre el costado de estribor, por la banda de babor, tan desierta que al principio nadie reparó en ello, apareció —para asombro de los presentes— aquel hombre con la muchacha en brazos. Su hazaña, en efecto, había consistido en caer con todo su peso sobre la muchacha, arrastrándola bajo la quilla del barco hasta salir buceando por el costado opuesto.»
—Cuando la llevaba en brazos —me contó más tarde— musitó un «gracias» tal que no parecía sino que le acabase de recoger el pañuelo.
Todavía sonaban en mis oídos las últimas palabras del narrador y quise estrecharle nuevamente la mano, para lo que no quedaba tiempo que perder. Me disponía a bajar por la escala, cuando observé cómo se alejaban lentamente los tinglados del puerto, los almacenes y las grúas. Estábamos en ruta. Mirando a través de los prismáticos, desfiló ante mis ojos por última vez Barcelona. Los fui bajando lentamente hasta enfocar el muelle, y allí estaba entre la gente el capitán, que debió verme también, pues levantó la mano en un saludo al que correspondí moviendo la mía. Cuando enfoqué mejor los prismáticos, vi que había desplegado un pañuelo y lo agitaba al viento. Pude distinguir claramente el dibujo que había en uno de sus ángulos: un escudo con tres estrellas en cada blasón.
Walter Benjamin
El Pañuelo 

"El palacio D... y" de Walter Benjamin

"Si en los años que van desde 1875 a 1885 el barón X llamaba la atención en el Café de París y se le repu­taba por uno de los clientes más distinguidos, inmedia­tamente después del conde de Caylus, el mariscal Fécamts y el caballero Raymond Grivier, no era en razón de su elegancia, su abolengo, o sus indiscutibles méritos depor­tivos, sino que se trataba sencillamente del reconocimien­to, más todavía, la admiración que despertaba la fideli­dad que durante tantos años había guardado hacia el établissement. Sentido de la fidelidad que posteriormen­te habría de demostrar también en un caso bien diferen­te, insólito, pero conmovedor. De ello trata esta historia...

Que se inicia —para ser exactos— con la herencia que durante treinta años esperó el barón que llegara a sus ma­nos y con la que se hizo, por fin, en septiembre de 1884. El heredero rondaba casi la cincuentena y hacía ya tiem­po que había dejado de ser un viveur. Pero, ¿lo fue algu­na vez? Lo cierto es que la pregunta llegó a plantearse. Si bien por una parte podía afirmarse que su nombre no había aparecido ni una sola vez en las crónicas scandaleuses de París, que nunca estuvo en boca de contertu­lios deslenguados y ni siquiera las cocottes más audaces se permitiesen aludirlo en lo más mínimo, tampoco po­día negarse, por otra parte, que el barón, con sus panta­lones de raso y su hinchada corbata Lavalliere, era algo más que un figurín elegante. Su rostro lo surcaban unas arrugas que delataban a las claras a cualquier entendido en mujeres que había pagado con creces sus saberes. En fin, que el barón seguía siendo un enigma y que el hecho de ver en sus manos la considerable herencia tan larga­mente esperada despertaba en sus amigos junto a un afec­to exento de envidia, la más discreta y maliciosa de las curiosidades. Todos confiaban en que esta repentina ri­queza revelaría lo que ni las largas veladas de charla frente a la chimenea, ni las muchas botellas de borgoña habían conseguido: desvelar el secreto de su vida.

Sin embargo, pasados dos, tres meses, todos coinci­dían también en que la decepción no podía ser mayor. Nada —ni el atuendo, ni el humor ni la rutina, ni siquie­ra el presupuesto o la residencia del barón experimenta­ron el menor cambio. Seguía siendo el elegante poltrón cuyo tiempo parecía tan lleno como un buzón de recla­maciones. Cuando abandonaba el club, se dirigía a la garçonnière de la avenida de Víctor Hugo, y ni uno solo de los amigos que por la noche pretendieron acompañarle a casa, puede decir que no fuera despedido con uno u otro pretexto banal. Lo que ocurría era sencillamente que hasta las cinco de la mañana, e incluso hasta más tarde, el señor de la casa ponía la banca en una mesa verde si­tuada en el recibidor, precisamente en el lugar que antes ocupara un magnífico armario chippendale. Al barón le gustaba jugar, lo que se adivinaba por las contadas ve­ces en que demoró su incorporación a la partida. Ni los jugadores más veteranos recordaban una racha de suerte como la que les deparó el invierno de 1884. Se mantuvo los primeros meses del año y duró hasta que el verano extendió su torrente de sombras sobre los bulevares. ¿Cómo se explica entonces que el barón fuese ya pobre en septiembre? Quizá no pobre del todo, pero tan en el aire, en una situación tan imprecisa entre pobre y rico como antes, y apenas más pobre que cuando estaba a la espera de la gran herencia. El caso es que empezó a reducir gastos y sólo se acercaba por el club para tomar una taza de té o jugar una partida de ajedrez. Nadie se atrevió a preguntarle nada al respecto. Por otra parte, qué tenía de particular una existencia que a ojos de to­dos transcurría en un ambiente cerrado y elegante, desde el matinal paseo a caballo, la hora de florete y el lunch, hasta que, al sonar las campanadas de las seis menos cuar­to, el barón abandonaba el Café de París, para dos ho­ras más tarde cenar en Delaborde. Entre tanto no tocaba un naipe y, sin embargo, fueron justamente esas dos ho­ras diarias las que le despojaron de toda su fortuna.

Lo que en verdad sucedió no se supo en París hasta pasados varios años, cuando el barón se retiró quién sabe adónde —¿qué ganaríamos sacando a relucir aquí el nom­bre de algún lejano señorío rural en Lituania?— y una mañana lluviosa, uno de sus amigos, callejeando sin rum­bo fijo, quedó atónito, sin saber en un primer momento si lo que le hizo estremecer fue la escena o su mera apari­ción. En realidad ambas cosas, porque el monstruo que bajaba tambaleante las escalinatas del palacio D... ya hombros de tres mozos de cuerda, no era otro que aquel valioso mueble chippendale que un día cediese su puesto a la venturosa mesa de juego. Era un armario magnífi­co, inconfundible. Pero aquel viejo amigo no lo recono­ció sólo por ello. En otra ocasión se entrevieron igual­mente vacilantes y temblorosas las anchas espaldas de su propietario cuando, para la despedida, se asomó por úl­tima vez al umbral y desapareció.

El desconocido apremió con brusquedad a los mozos que bajaban los últimos escalones, franqueó la cancela que estaba abierta y quedó en pie, turbado, en el enorme y desnudo vestíbulo. Frente a él subía hasta el primer piso una escalera en espiral, cuya rampa no era sino un único e ininterrumpido relieve marmóreo. Faunos, ninfas; nin­fas, sátiros; sátiros, faunos. El recién llegado procuró se­renarse y exploró las salas, los distintos recintos. Por to­das partes se abrían ante él paredes vacías. Ni rastro de persona alguna, hasta que llegó a un boudoir igualmente solitario pero atestado de pieles y cojines, figuras de jade e incensarios, suntuosos jarrones y tapices gobelinos; pero todo cubierto por una fina capa de polvo. La habitación no invitaba a entrar, por lo que el visitante se disponía a continuar sus indagaciones, cuando, a sus espaldas, apa­reció una muchacha hermosa y todavía joven, con uni­forme de sirvienta, quien, como única conocedora de lo que sucedía, le contó que hacía ya un año que el barón había alquilado el palacio por una elevadísima cantidad a su propietario, un duque montenegrino, y cómo ella se incorporó al servicio el mismo día en que entraba en vigor el contrato; que durante dos semanas su trabajo ha­bía consistido en supervisar a los operarios que remoza­ban el edificio y recibir los suministros; que a esto siguie­ron nuevas instrucciones, órdenes escuetas pero estrictas que en su mayor parte se referían al cuidado de las flo­res, cuyo aroma aún era perceptible en la habitación don­de ambos se encontraban. Aparte de todo esto, sólo re­cibió una última indicación, precisamente la que parecía justificar la fabulosa retribución que se le había asigna­do. Día tras día, ni un minuto antes, ni un minuto des­pués de las seis —prosiguió—, el barón aparecía al pie de la escalinata y subía despaciosamente hasta la puerta. Llevaba siempre un ramillete de flores, aunque parecía un secreto el orden que guardaban en su aparición or­quídeas, lilas, azaleas y crisantemos, así como su rela­ción con las estaciones del año. Tiraba de la campanilla, se abría la puerta y la sirvienta —precisamente la que nos relata los hechos— se presentaba para recoger las flores y responder a la pregunta que constituía la clave de su discretísimo trabajo. «¿Está la señora en casa?» «Lo sien­to —contestaba la doncella—, acaba de marcharse.» A continuación, el enamorado volvía, ensimismado, so­bre sus pasos, para al día siguiente repetir su protocola­ria aparición en el solitario palacio.

Y así se llegó a saber cómo las riquezas, que con tan­ta frecuencia atienden a la vulgar finalidad de atizar pa­siones ajenas, en este único caso se aplicaron a mantener encendidos los últimos rescoldos de un viejo amor."


jueves, 5 de abril de 2012

Carnicería

"Chaim Soutine deambulaba por las calles de París buscando el mostrador de la carnicería que exhibiera la gallina de sus sueños, la pieza de vacuno abierta, el costillar en exposición salvaje, el color rojo, granate, magenta, menstrual, burdeos, carmín, bermellón, barroso, carmesí, fuego, sangre, rubí, pimentón, azafrán, tomate, sandía, púrpura. Chaim Soutine caminaba por las calles de París y, después, se murió en una mesa de operaciones."
Marta Sanz

miércoles, 4 de abril de 2012

Monstruos


"Las efigies que adornaban los billetes de banco, en vez de ser retratos de personas ilustres, representaban monstruos de la mitología: Escila y Caribdis en los billetes más chicos, Gorgona en los medianos y Quimera en los más grandes. Los dibujos que las representaban en el interior de unos óvalos hechos de guirnaldas entrelazadas —como si quisiera rendírseles un homenaje delicado— estaban impresos con una gran precisión de detalles y Morvan, al hacer deslizar los billetes en su mano para contemplarlos, se preguntaba si tanta delicadeza con esos seres espantosos no indicaba que esos podrían ser los dioses que los habitantes de la ciudad iban a adorar, agachados y a oscuras, en la estrechez deliberada de los templos."
Juan José Saer

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los extranjeros

"No ocupaba jamás toda la extensión de sí misma. Alguien la había encerrado en una estrecha buhardilla de su espíritu y alrededor y debajo de ella, en las amplias estancias indefensas de su mente, habían llegado los extranjeros que circulaban libremente como si fueran sus dueño secretos." (Pietro Citati, La vida breve de Katherine Mansfield)

jueves, 19 de mayo de 2011

Le fond de l'air est rouge

De la imprescindible Le fond de l'air est rouge de Chris Marker: aquí, sobre la ocupación del espacio público y la revelación de la naturaleza del Estado.




De pronto, el Estado revela su lado opresor. El que queda oculto en mayor o menor grado en la vida diaria. Pero ahora, tiene que hacer notar su fuerza. Y, para hacerlo, permite a la policía usar un equipamiento que nadie sabía que existía. Para el manifestante, el Estado apareció como una visión, como la virgen María en Fátima. Es una revelación.

En casos extremos, alguien tiene el poder de decidir por qué lado de la calle se puede caminar. Y, si eliges el lado equivocado, te echarán a patadas al lado correcto. Así pues, lo que te impide cruzar la calle es el Estado. Pero, si la cruzas, y lo fuerzas a dar un paso atrás, es el Estado el que da un paso atrás.

martes, 5 de abril de 2011

Formas de la felicidad

Ver, por ejemplo, a Anna Karina (y Claude Brasseur y Sami Frey) en Bande à part, en ese momento en que nada todavía declina, nada se degrada, nada decepciona.


Café! Dance scene from Bande à Part (1964)
Arthur sigue mirándose los pies, pero su mente está en la boca de Odile y sus románticos besos.
Odile se pregunta si los chicos notan sus pechos moviéndose bajo su suéter.
Franz piensa en todo y en nada. Se pregunta si el mundo está convirtiéndose en un sueño o el sueño... en el mundo.

domingo, 16 de enero de 2011

"Moonrise" de Frank Borzage

La oportunidad de ver Moonrise de Borzage (un descubrimiento para mí comparable al que en su momento –ay, ya bastante lejano- supusieron obras como Retorno al pasado o La noche del cazador, por recordar dos películas que me vinieron a la memoria en más de una ocasión a partir de determinadas atmósferas y aislados rasgos temáticos) permite enriquecer con inesperados ángulos visuales y genéricos la idea que habitualmente se tiene de su director, responsable de algunos de los melodramas más inspirados del cine de Hollywood. Hay melodrama, desde luego, en Moonrise, pero injertado en una estructura narrativa asimilable al film noir, que despliega su impronta fatalista y su nítido recorrido moral en el opresivo ambiente de una comunidad sureña en la que los fantasmas de viejas damas deslizan todavía sus polvorientos miriñaques por los salones de abandonadas y ruinosas mansiones.
Una breve secuencia puede darnos una idea de la riqueza visual y de significados, de la sobrecogedora fascinación.



Se abre con uno de los motivos recurrentes de la película, el plano de unas piernas caminando, que remite a uno de los temas mayores del film, el de la “maldición de la sangre” (la película comienza con los pasos hacia el patíbulo del padre del protagonista, ejecutado en la horca por asesinato, condena que la sociedad proyecta sobre el hijo en forma de continuos recordatorios a través de las burlas y agresiones de sus compañeros de escuela, herencia maldita que Daniel Hawkins arrastrará a lo largo de los años), pero en esta ocasión pertenecen, no al protagonista, sino a un conmovedor personaje secundario, Billy Scripture, joven deficiente y sordomudo al que Daniel siempre ha protegido de la crueldad de su entorno y cuyo aislamiento sensorial y afectivo es un eco punzante del aislamiento social del protagonista.
El momento en que Billy coloca los pies en las huellas que él mismo había dejado sobre el cemento fresco en su infancia es un ejemplo de sutil escritura dramática en el que su conciencia se ve confrontada inopinadamente con el misterio del crecimiento y del cambio, un hecho que en el presente perpetuo en el que vive no puede ser considerado sino un enigma irresoluble y cuya concomitancia con el destino del protagonista es clara: también él vive en el “eterno retorno” de la condena del padre y solo podrá crecer cuando se libere de la sombra paterna (literalmente, pues en la escena inicial las sombras de la ejecución del padre se transforman sin solución de continuidad en la sombra de un muñeco cuyo movimiento pendular sobre la cuna aterroriza al hijo que en ella dormía). Esta liberación únicamente tendrá lugar una vez que el padre deje de ser un contorno fantasmal y asuma un rostro real, el de un hombre que tomó sus propias decisiones y se responsabilizó de las consecuencias, al igual que deberá hacer el hijo.
El resto de la secuencia me parece antológico (aclaremos simplemente que Daniel quiere recuperar una navaja incriminatoria que ahora está en posesión de Billy): el juego de luces y sombras y la planificación -ese primer plano que nos golpea con furia concentrada- recrean un escenario turbulento de vaivenes dramáticos en el que la desesperación y el remordimiento de uno, frente al desvalimiento y perplejidad del otro, ejecutan una frenética contradanza de claroscuros emocionales pautados con una maestría cuyo secreto el cine americano parece haber perdido hace ya muchos años.

sábado, 28 de agosto de 2010

Infancia y agonía de la señora Bracey

“Al final de aquella serie de recuerdos, aparecía la imagen de una Nochebuena, en la que ella, una niña pequeña, se encontraba en una tienda en penumbra con la intención de comprar una camisa incandescente para el gas. La tienda olía a parafina, a madera alquitranada para quemar y a velas. De repente, mientras hacía girar la moneda entre sus dedos, la invadió una sensación de completa felicidad, una felicidad tan intensa que ni siquiera el día de Navidad podía superar, porque era una dicha perfecta. «Duró toda una vida», pensó. «Cuando pienso en la infancia, pienso en mí, en aquella tarde, en aquella tienda, mientras anochecía rápidamente y un chorro de gas, como la cola de un pez o una flor -un lirio- oscilaba y siseaba en lo alto. Ha durado toda la vida, pero ya no puede durar más. Cuando yo muera, morirá también, y entonces será como si nunca hubiera sucedido.»

…………………………………………


Sabía que nadie podía llegar hasta ella y en ese convencimiento residía toda su impotencia y su terror. Iba deslizándose lejos del alcance de los demás, hacia la total oscuridad, tal como su marido otrora se apartara de ella. Aunque estrechó las manos de su marido con fuerza, los lazos se aflojaron y se alejó de ella y de su vida. «Para reunirse con Nuestro Señor», pensó ella entonces; pero su sentimiento religioso había sido siempre una cuestión de palabras, de frases pegadizas, y ahora no tenía fuerzas para pronunciar una palabra o construir una frase consoladora. Sólo le quedaba aquella extraña sensación de estar flotando, mientras su mano era sólo algo que la gente cogía y tocaba para intentar confortarla. Pero hicieran lo que hiciesen, no podían penetrar en el pequeño núcleo de temor que en aquel momento constituía su única realidad. Todo lo demás había desaparecido: su infancia, su vida de casada, los triunfos de los nacimientos, las penas de la muerte, el bien, el mal, la ambición, el amor; no quedaba más que el pequeño punto de temor en el cuerpo amorfo que flotaba en la cama, sin peso, sin dolor, sin anclaje.

Empezó a respirar por la boca rápidamente y Bertram, al verlo, movió despacio la cabeza mirando a Maisie, se levantó y empezó a caminar por la habitación. Iris se sentó en el borde de una silla, con una mano sobre la boca y los ojos muy abiertos.

En el exterior, los turistas pasaban por la acera y, cuando algunos empezaron a cantar, Maisie se dirigió hacia la ventana y la cerró, considerando que ya no era necesario seguir la indicación del doctor Cazabon. A partir de aquel momento, sólo se oyó el sonido de la respiración de la señora Bracey, áspera e irregular, junto con el suave crujido de las tablas del suelo mientras Bertram caminaba de un lado a otro.”

Elizabeth Taylor

Una vista del puerto

miércoles, 29 de julio de 2009

Luciano Canfora o la lucidez

En ocasiones, cuando la inteligencia y el rigor analíticos se engranan en el aliento sostenido de una dicción prístina y de raigambre clásica, se produce el milagro de una prosa cuya precisión penetra la conciencia con el filo insobornable de un pensar irrestricto. A eso, para abreviar, lo llamamos lucidez. Que esa voz nos hable desde la periferia (por no decir las catacumbas) pertenece al signo de unos tiempos en cuya deriva reaccionaria Europa desangra sus energías críticas y transformadoras. Que en su irradiación nos hagamos más sabios pertenece a su naturaleza luminosa.

De Crítica de la retórica democrática (2002):

La experiencia del siglo que acaba de finalizar podría resumirse en una frase: ganan las oligarquías vinculadas a la riqueza, pierden las ideológicas.

Eppur si muove.

La historia humana es, en mi opinión, como la de un cuerpo que, si se observa diariamente, siempre parece igual al del día anterior y, no obstante, desde un punto de vista molecular cambia sin cesar. En el cuerpo este proceso sólo se capta con el paso del tiempo. En la historia, ni siquiera un siglo es a veces un período significativo. Sin embargo, si me preguntaran en qué ha cambiado el mundo, respondería, con las palabras que utiliza Gaetano Mosca en la recensión de la obra de Michels: en una mayor conciencia de la necesidad de igualdad. Tocqueville lo había descrito perfectamente en las páginas finales del Ancien Régime.

Los filósofos imaginaron alguna vez que era posible lograr de inmediato una igualdad, tal vez reservada solamente a los más preparados (Platón), o fruto de una inminente y filosóficamente necesaria subversión de clases en el mundo industrial (Marx). Los seres humanos, en cambio, quieren que esta igualdad sea para todos. De ahí que el camino que queda por recorrer sea muy largo. Y han fracasado, a pesar de sus muchos actos heroicos, aquellos regímenes que mezclaron empíricamente un poco de Marx y un poco de Platón.

Hubo un tiempo en que las clases se podían tocar, se podían ver. No sólo en las ciudades antiguas o medievales, sino incluso en Turín, en una época que tal vez algunos todavía recuerdan. Hoy en día las clases (no se me ocurre otra manera de denominarlas) están incluso separadas en continentes distintos. En el quartier latin se puede imaginar Somalia. Y el que tiene la suerte de nacer en el lugar adecuado afirma que ya no existen clases. […]

Puesto que cualquier pensamiento político ha de medirse forzosamente con las grandes pruebas y las duras lecciones del siglo pasado, comenzaré estas últimas consideraciones reflexionando sobre la noción de «pasado que todavía divide» (o, si se prefiere, de «pasado aún presente»). Ese pasado es de extensión variable y necesariamente tiene un punto de partida móvil. Se desplaza, o debería desplazarse, a medida que el tiempo histórico se va prolongando. Pero algunas veces queda bloqueado, por así decirlo, en determinados acontecimientos que tienen la capacidad de mantenerse como punto de partida, a pesar del transcurso natural del tiempo. Esto es lo que ha ocurrido, en nuestra opinión, con la Revolución francesa (considerada, por supuesto, no sólo en relación con el país donde se produjo, sino en relación con la humanidad en su conjunto): evidentemente porque los problemas que plantea siguen siendo aún vigentes para el género humano y porque, además, encierra como en un microcosmos anticipativo, en los veinticinco años que van desde la Bastilla hasta el Congreso de Viena, toda la historia posterior no resuelta.

Años después, cuando ya parecía no sólo concluida sino sepultada y condenada, se fue desarrollando, en un período de tiempo mucho más largo, de casi dos siglos, todo el ciclo que en su momento había estado comprendido en aquellos veinticinco años. Hasta el derrumbamiento de la URSS, que supuso el inicio de un nuevo y al parecer mucho más cruento «Congreso de Viena». Pero si los problemas que entonces se planteaban siguen aún sin resolver (y no creo que nadie pueda negarlo viendo el espectáculo de creciente desigualdad que el mundo nos ofrece todos los días), cabe plantearse la cuestión que antes mencionábamos, esto es, si no ha comenzado tal vez un nuevo «ciclo», quizá mucho más largo y más traumático todavía, que arranca precisamente de la virulencia y de los chirridos de esta nueva y armadísima Restauración que empezó hace apenas un decenio. Un ciclo cuya duración y crueldad nadie es capaz de imaginar.