viernes, 30 de marzo de 2012

jueves, 29 de marzo de 2012

lunes, 16 de enero de 2012

"En busca de April" de Benjamin Black

Destellos en la niebla
En busca de April es la cuarta novela de Benjamin Black (seudónimo que utiliza el irlandés John Banville para sus incursiones en la novela negra) y la tercera de las protagonizadas por el patólogo forense Quirke. En ellas, un brumoso y opresivo Dublín de mediados del siglo XX sirve de escenario a unas tramas en las que se desvela el fondo legamoso de los poderes (económicos, religiosos, políticos) que dominan una ciudad por donde se mueve un puñado de personajes cuyas derivas devienen marcadas por la huellas de la soledad, la traición o la culpa.
En esta ocasión es la desaparición de April Latimer, amiga de la hija de Quirke, el motivo de una investigación en cuyo transcurso se arroja una mirada inclemente a la contextura moral de una sociedad en la que la modernidad es solo la máscara frágil de los códigos tribales que la rigen. A través de su pertenencia a una de las familias más poderosas y totémicas de Irlanda (su padre fue una figura relevante de la Guerra de Independencia), se proyecta una luz cruda sobre una comunidad encadenada a su mitología y al culto de los héroes. Lo que emerge es el reverso atroz y obsceno del mito, un lugar terrible donde el padre primordial muerto deviene una sombra castradora y obsesiva que devora a sus hijos.
Por otro lado, la desaparición física del personaje actúa como elemento central de una constelación de significados narrativos trabados alrededor de las ideas concomitantes de ausencia y vacío, de extrañamiento y pérdida. La niebla que envuelve las calles de Dublín (una niebla tan viscosa y pregnante como la que amortaja el Londres de Dickens, y de similar lectura moral) es más que nada la atmósfera existencial de una ciudad donde todos saben de todos, pero nadie conoce a nadie. El enigma no se limita al destino de April, sino que se universaliza hasta convertirse en el medio enrarecido donde se mueven unos personajes esencialmente extraños entre sí, desplazados, evasivos. La silueta cada vez más difuminada y fantasmal de April es solo una más en esta galería de sombras que vagan entre las ruinas del pasado. Sobre ese trasfondo de atonía, los momentos de ruptura de su reclusión emocional cobran una dimensión casi epifánica: esos instantes evanescentes en que de repente las piezas encajan y una rara calma y trasparencia transfiguran la opacidad hostil del mundo.
En su avatar como Benjamin Black, John Banville cumple con desahogo los protocolos del relato policiaco y de la construcción de la intriga, desde la gradación de la información a la eficaz combinatoria de los puntos de vista. Las formulaciones genéricas (que pueden incurrir en algún artificio chirriante) se enriquecen, en todo caso, con la densidad plástica de una escritura que sabe dotar de espesor dramático a lo inanimado en una suerte de transferencia de las turbulencias anímicas de los personajes al mundo objetual o abismar la percepción en restallantes imágenes de estirpe jamesiana (“tuvo en ese momento la sensación de que se acabara de correr una cortina, solo un instante, que le permitió entrever un corredor largo, en penumbra, en el que murmuraban presencias invisibles”).
Leemos en el primer capítulo: “Algunos granos de mica brillaban en el granito de los peldaños; qué raros, esos mínimos destellos, tan secretos bajo la niebla”. Lo que nos fascina en Benjamin Black es, en última instancia, lo mismo que en John Banville: la singularidad de una mirada que nos confronta con la extrañeza de lo real en el acecho de sus furtivos resplandores.

lunes, 28 de noviembre de 2011

"El hermano de las moscas" de Jon Bilbao

Orden y caos
El objetivo último de la literatura fantástica es cuestionar la percepción común de la realidad en la que se inscribe, pero para ello ha de declinar primero las formas realistas y sujetarse a una severa exigencia de verosimilitud en la consecución de un convincente efecto de realidad. Aunque la metodología de ese conflicto suele desplegarse en una gradación progresiva de signos e indicios, que van preparando el terreno a la aparición del elemento inexplicable o sobrenatural, este procedimiento tradicional de puesta en escena de lo fantástico se invierte de manera drástica en La transformación de Kafka, obra en la que el autor checo desplazó la emergencia de lo imposible al inicio mismo del relato y convirtió a este en el espacio donde lo sobrenatural se naturaliza sin aspavientos ni explicaciones. Como decía Camus, “nunca nos asombraremos lo suficiente de esta falta de asombro”.
En esa estela kafkiana, Jon Bilbao decide en El hermano de las moscas, novela de 2008 que reedita Salto de Página, situar abruptamente el horror en el pórtico de la narración: un personaje de nombre transparentemente alusivo, Grego, regresa por unos días de Tailandia para visitar a su hermano Héctor, ejecutivo en una refinería de petróleo cuya mujer (Sara) acaba de dar a luz su primera hija, y se instala en el cuarto de invitados. A su regreso del hospital, Héctor y Sara encuentran la habitación ocupada por un enjambre de moscas. Grego ha desaparecido. Un hiato monstruoso, una brecha insalvable, se ha introducido en la trama compacta del mundo y en la continuidad lógica de las causas y los efectos. En torno a este vórtice impensable habrá de reacomodarse una realidad trastornada y la novela puede leerse como la crónica de las negociaciones entre lo cotidiano y la imposibilidad que se ha alojado en su seno. Los personajes, incluido el propio Grego tras su reintegración a la normalidad, no dejarán de seguir con sus vidas (la metamorfosis aparenta guiarse por unas pautas temporales regulares que permiten crear la ilusión de su manejabilidad), aunque todos ellos se hayan convertido en merodeadores de un abismo.
En la novela se superponen y permean diversos espacios narrativos: el laboral y el familiar, el humano y el animal, el civilizado y el salvaje. En el centro de sus intersecciones, los dos hermanos articulan una polaridad elemental. Si Grego es una figura marcada por el desorden, la errancia y la inestabilidad tanto económica como sentimental (de hecho, sus transformaciones / desapariciones pueden entenderse como una metáfora extrema de su condición huidiza), Héctor, que asume la responsabilidad de establecer unos protocolos de actuación para gestionar las metamorfosis del hermano, está anclado en un orden social y familiar del cual se convierte en garante. Sin embargo, esta rígida asignación de roles se enriquece (al tiempo que la relación se enturbia) con ocultos flujos y recíprocas envidias: si uno aspirará a construir una vida armada con los mimbres de la convencionalidad, el otro no dejará de albergar una secreta necesidad de huida.
Con inflexiones entre Carver y Ballard, el drama dirimido entre los hermanos se inserta en un retrato de ambición totalizante: el entorno hipertecnificado de la refinería puede inopinadamente convertirse en un territorio en el que el fuego esculpe formas dalinianas; una mujer enloquece y previene a gritos contra los ectoplasmas; la inauguración de un centro comercial es interrumpida y arrasada por una feroz tormenta de granizo; una excavadora es tragada por la tierra en los trabajos de limpieza de un bosque. Pequeñas cifras del caos, la muerte o la locura, a través de cuya acumulación podemos atisbar la figura en crisis de un mundo violentado, aparentemente sólido y estable, pero siempre al borde del colapso.
No hay, en todo caso, declaraciones ni sentencias autorales sino las que se desprenden de los mecanismos de la ficción. Una compleja maquinaria vehicula los diferentes puntos de vista a través de un narrador que distribuye la información en un inteligente juego de ocultación y desvelamiento, iluminando unas zonas y opacando otras, deslizando eficazmente el foco narrativo para generar una tensión productiva entre lo que sucede en primer plano y lo que se mantiene en el fondo. Las secuencias se dilatan en sugerencias que trascienden los significados explícitos y, más allá de la denotación narrativa, el sentido surge de la fricción entre distintos planos. En una escena modélica en su construcción vemos a Héctor limpiar y montar con precisa e implacable parsimonia las piezas de una escopeta. En un segundo plano se oye apenas el murmullo de las voces y las risas de Grego y Sara en la habitación vecina. Héctor acciona los gatillos. Silencio. También Jon Bilbao ha montado con metódica y sugestiva precisión un arma letal: un refinado dispositivo que apunta (y dispara) al corazón vulnerable de los vínculos y certezas que sustentan nuestra identidad.

lunes, 31 de octubre de 2011

"El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia " de Patricio Pron


En El comienzo de la primavera, la novela que dio a conocer a Patricio Pron en España hace un par de años, se encauzaba la búsqueda que un profesor argentino realizaba del rastro de Hollenbach, un pensador alemán afín al totalitarismo nazi, hacia una reflexión que partía de los inciertos contornos de una memoria enterrada para abocar escépticamente a la dilución de conceptos como sujeto o Historia, perdidos en un laberinto textual de huellas borrosas. Una ficción que parecía presidida por aquel ángel de la historia, al que el pasado se le manifiesta como “una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina”. El deseo quimérico que inmediatamente le atribuyese Walter Benjamin de “detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado”, bien pudiera definir el horizonte imposible de esta nueva novela.
El narrador, el propio Patricio Pron, después de ocho años en Alemania, emprende el viaje de regreso a la Argentina al saber del ingreso de su padre en el hospital. Un padre cuya relación con el hijo siempre estuvo sellada por el silencio y el misterio. También aquí hay una búsqueda perturbadora en los fantasmas del pasado personal y familiar que se origina, sin embargo, en la necesidad de recomponer una memoria hasta entonces voluntariamente eclipsada, diríamos que arrasada, en la deriva fugitiva de su vida anterior en que el personaje ha convertido sus años alemanes. Así se nos presenta el narrador: bajo el signo de la desposesión, del extrañamiento, de lo transitorio (“yo, simplemente, estaba de paso”). Conocer de qué o quiénes huye, y por qué, es uno de los propósitos de su vuelta.
Esta búsqueda del padre por el hijo se desdobla en otra: a través de la documentación recopilada por el progenitor se nos da a conocer la investigación que este realizó de las circunstancias de la desaparición de un vecino de su localidad natal, Alberto José Burdisso, víctima de un asesinato de perfiles sórdidos y motivación económica, personaje cuya ingenuidad lo hizo presa fácil de un entorno lumpen y predatorio. En un último círculo concéntrico, este crimen nos conduce a otro: la desaparición de la hermana, Alicia Burdisso, militante comunista y amiga del padre del narrador, devorada treinta años atrás, como tantos otros miles, por la maquinaria represiva de la dictadura militar. En las ciegas reverberaciones de esta ausencia traumática, metonimia del horror que asoló la historia argentina, se teje una historia de miedo, culpa, derrota y olvido, un bosque tenebroso donde se perderán padres e hijos y cuyo “fondo de terror” (que engulló a los desaparecidos y mutiló a los sobrevivientes) es necesario explorar y nombrar para afrontar el presente. Es de la memoria de aquel horror y de su transmisión, entonces, de lo que hablamos. Y del legado de una generación cuya lucha “por verdad y por justicia y por luz” interpela a los hijos con un mandato de perduración, incluso cuando ya todos los rostros se hayan desdibujado en las fotografías.
La apuesta del novelista para dar forma a la emergencia de ese pasado reprimido pasa por el rechazo de los códigos y el protagonismo del fragmento. El uso de la primera persona, la identificación entre narrador y autor y su declaración de que los hechos relatados son principalmente reales, aunque haya introducido elementos de ficción por necesidades dramáticas, nos sitúa en el cada vez más frecuentado y problemático territorio de la autoficción, lejos, eso sí, de cualquier asomo de solipsismo. Importan sobre todo las intersecciones, las fricciones, las resonancias. Entre introspección y documento, entre autobiografía y ficción, entre memoria personal y pública. Este testimonio subjetivo y parcial, pero con una manifiesta dimensión generacional, pretende distanciarse de los géneros al uso, cuyo estatuto codificado es explícitamente identificado con las convenciones sociales. De ese carácter constrictivo y conciliador con el orden vigente se aparta conscientemente una escritura que se cuestiona permanentemente a sí misma en una mise en abyme que convierte en novela el propio proyecto y su proceso constructivo. Este bucle autorreferencial no desemboca, empero, en un metafísico juego de espejos en el Museo de la Literatura, sino que termina por conformar una suerte de poética de la intemperie, animada por una casi dolorosa voluntad de despojamiento y desnudez. Lo que tenemos son los planos de construcción, las vigas y andamios: el esqueleto desguarnecido de una novela potencial que el autor no ha querido escribir, aunque tampoco la echamos en falta. Nos basta esta suma incompleta y contingente de fragmentos y murmullos, este “montón de imágenes rotas”, por decirlo con Eliot, para apresar en sus reflejos movedizos las convulsas irradiaciones de un tiempo atroz.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los extranjeros

"No ocupaba jamás toda la extensión de sí misma. Alguien la había encerrado en una estrecha buhardilla de su espíritu y alrededor y debajo de ella, en las amplias estancias indefensas de su mente, habían llegado los extranjeros que circulaban libremente como si fueran sus dueño secretos." (Pietro Citati, La vida breve de Katherine Mansfield)

miércoles, 31 de agosto de 2011

Otro viejo poema

Por la mañana

Esta luz que se apropia de paredes,
del sueño, luz de calma, de silencio.
Esta luz que no sabe de aduanas
y se ofrece sin tregua en desnudez,
arrasa inermes guardas de la noche,
telares de la sombra que nos teje,
denso pudor de cuerpos enclaustrados.

Instaura su transparencia de cuenco
para los primeros gestos erguidos
en la frontera, ciegos centinelas
que así predicen y ensayan las formas
de la materia. Aquí una mano turbia,
el escorzo de un pecho aún anegado,
un poso de légamo en la garganta.
Desleída ceniza de las sombras.
Roces, latidos, ritmos que concentran
este temblor azaroso del día.

Espesura de luz ya restaurada
para el nacer del tiempo entre los cuerpos.