martes, 26 de abril de 2011

"Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra" de Domenico Losurdo



No es este libro del filósofo italiano ni una biografía ni, mucho menos, una hagiografía del más importante dirigente en la historia de la URSS, sino justamente lo que anuncia el subtítulo elegido con claridad académica: un desmontaje paciente y minucioso, hecho con inobjetable rigor histórico y documental, de la demonizadora trama mitológica que alrededor de aquel se tejiera, bien desde la opuesta trinchera geopolítica, bien en el interior fracturado de su propio ámbito ideológico. Fue en este precisamente, más allá del encarnizamiento cainita que opuso a trotskistas y estalinistas, donde se produjo el punto de inflexión más determinante en la demolición del “titanismo” de su figura, no otro que el famoso Informe secreto de Kruschov, leído en el XX Congreso del PCUS de 1956 y desde entonces pieza de convicción imprescindible en el juicio histórico de su predecesor. Los términos inapelablemente derogatorios del informe excluían cualquier atisbo de templanza ponderativa y lo condenaban a los infiernos de la inanidad militar, la arbitrariedad política y la locura homicida, apreciaciones estas cuando menos sorprendentes, sobre todo si tenemos en cuenta que su destinatario era el mismo al que en el anterior Congreso le había atribuido Nikita Kruschov todo el mérito de la potencia social, económica y militar de la URSS, “nuestro querido líder y maestro, el camarada Stalin”. Losurdo muestra la clara falsedad de algunas afirmaciones y la inverosimilitud de otras, cuestionando severamente la entera fiabilidad del informe, oportunista herramienta estratégica en la enconada lucha por el poder que en aquellos momentos se libraba en el Politburó.
No se trata aquí de blanquear la ejecutoria de Stalin, de negar la represión feroz que desató en determinados momentos contra sus adversarios políticos, de ocultar los terribles sacrificios que impuso a la población en los procesos de colectivización forzosa e industrialización acelerada de los años treinta o de suavizar el perfil autocrático con que tuvo que revestirse en defensa de una determinada línea de acción, sino de contextualizar sus decisiones en un preciso marco histórico, dentro de una guerra civil que desangró a la Unión Soviética durante dos décadas (primero enfrentando a bolcheviques y contrarrevolucionarios y luego entre facciones del PCUS) y a las puertas de una conflagración mundial en la que Stalin jugó un papel decisivo en la derrota de la Alemania nazi. Aunque el objetivo del libro no sea trazar un retrato del líder soviético sino mostrar las inconsistencias de su leyenda negra, en su transcurso terminan por dibujarse, como en huecograbado, los contornos de una figura alejada del monocromatismo (generalmente en negro) habitual, enriquecida con los tonos, las luces y las sombras del periodo de extraordinarias transformaciones sociales, políticas y económicas que vivió la URSS en esos años, una experiencia revolucionaria (también dictatorial) que movilizó las energías de la ciudadanía en un frenético dinamismo constructivo que no dejará de asombrarnos: "Son los decenios en que se despliega una dictadura desarrollista: tiene al mismo tiempo una andadura tumultuosa y despiadada y está caracterizada por la «fe furiosa» de la que se nutren grupos sociales y étnicos que ven allanado el camino para un gran ascenso y que consiguen el reconocimiento que hasta aquel momento se les había negado".

No entraré a analizar en detalle el exhaustivo recorrido que esta obra necesaria y valiente hace por las falacias, manipulaciones, medias verdades y descontextualizaciones en que el sectarismo partidario, la desidia intelectual o el cinismo político han incurrido a la hora de perfilar la imagen deformada de ese “enorme, siniestro, caprichoso y degenerado monstruo humano” (en palabras de un conspicuo trotskista). Me limitaré a señalar dos de los aspectos a mi juicio más productivos del análisis de Losurdo: la pamema del presunto paralelismo que la filosofía política liberal (con Hanna Arendt a la cabeza) establece entre los regímenes fascistas y comunistas como totalitarismos simétricos y la tendencia de cierta historiografía poco seria a analizar decisiones y acontecimientos políticos desde la supuesta psicopatología que aquejaría a determinados líderes, con Stalin en una peana privilegiada de ese panteón de la demencia vesánica.

Sobre el primer punto hay que ser claro: el nazismo llevaba inscrito en su genoma ideológico la aniquilación del comunismo, objetivo prioritario desde sus inicios. Nada más alejado de aquel que la impugnación absoluta que el comunismo hace de cualquier teoría racialista y si alguna filiación cabe establecer es precisamente con las prácticas políticas de las potencias coloniales que se reclamaban dentro del liberalismo. Losurdo es tajante: “El nazismo hunde su raíces en un periodo histórico en que la «evidencia» en su favor está constituida acaso por la jerarquización de las razas y por un expansionismo colonial tras el que se ocultan a menudo prácticas genocidas”. El nazismo las radicaliza, “pero se trata de un desarrollo, no una creación desde cero” y, en todo caso, el modelo manifiesto es el del expansionismo colonial de Occidente. En cuanto a la equiparación entre Gulag y Lager, caben varias y pertinentes puntualizaciones, que no pretenden dulcificar la realidad muchas veces atroz del universo concentracionario soviético ni mucho menos justificarlo, pero que sirven para delimitar dos concepciones diametralmente antagónicas. En primer lugar, la inspiración del Gulag jamás fue, ni siquiera en aquellos periodos de mayor crueldad, la voluntad exterminadora que guiaba el Lager alemán, sino que se caracterizó por una obsesión por la productividad (la que impulsaba a toda la URSS aquellos años) y la reeducación ideológica. Los detenidos no dejarán de ser potenciales “compañeros” o, en todo caso, “ciudadanos”, aunque sean posibles “enemigos del pueblo”. Por otro lado, el universo concentracionario soviético surge de un agudo estado de excepción, como respuesta a una guerra civil prolongada y a la necesidad del poder bolchevique de alcanzar el pleno control del territorio y del aparato estatal, algo que solo se conseguirá mediante la autocracia. La diferencia con el Tercer Reich no puede ser mayor, pues este cuenta desde el principio con el dominio territorial y estatal, eficientemente administrado a través de una extensa red burocrática: aquí sí, por tanto, el campo de concentración emana de un proyecto político que desde sus inicios lo instituyó como un elemento central de represión y terror dentro de una visión ideológica totalitaria y racista, alimentada en último término por una voluntad claramente exterminadora. Pero hay otra consideración no menos importante que se suele obviar, y es que esta voluntad exterminadora, ausente del Gulag (por lo menos en la teoría que lo inspira), sí que comparece en el universo concentracionario que atraviesa la tradición colonial de Occidente, el “Tercero ausente de la comparativa hoy de moda”, en palabras del autor. Una voluntad homicida que aparece en los “campos de trabajo militarizados” de la India colonial de 1877, en los campos de concentración en los que la Italia liberal encerró a los libios o en la “solución final” que se impuso a los indios de Canadá o Estados Unidos: toda una genealogía del genocidio a la que explícitamente se remite el propio Hitler y de la que se muestra ufano heredero.

Sobre el segundo punto, la psicopatología criminal aplicada a la historia, dejemos la palabra a Domenico Losurdo, cuyas lúcidas consideraciones finales me permito reproducir:
Tal modo de proceder es inconcluyente y engañoso, también en lo que respecta al Tercer Reich (que además dura apenas 12 años y consigue ejercer cierta atracción solamente en el ámbito de la «raza de los señores»). Es demasiado cómodo imputar las ignominias del nazismo exclusivamente a Hitler, ocultando el hecho de que él tomó del mundo que le precedió, radicalizándolos, dos elementos centrales de su ideología: la celebración de la misión colonizadora de la raza blanca y de Occidente, llamados ahora a extender su dominio también en Europa oriental; y la lectura de la Revolución de octubre como complot judeo-bolchevique que, estimulando la revuelta de los pueblos coloniales y minando la jerarquía natural de las razas -y más en general infectando cual agente patógeno el organismo de la sociedad-, constituye una amenaza terrible para la civilización, que debe ser afrontada a cualquier precio, incluida la «solución final». Por lo tanto, comprender la génesis del horror del Tercer Reich no es cuestión de reconstruir la infancia o adolescencia de Hitler; así como no tiene sentido partir de los comienzos de Stalin para analizar una institución (el Gulag) que hunde sus raíces en la historia de la Rusia zarista y a la que, de modos distintos en cada ocasión, han recurrido también los países del Occidente liberal, tanto en el transcurso de su expansión colonial como en ocasión del estado de excepción provocado por la Segunda guerra de los treinta años [de 1914 a 1945]. Igualmente engañoso sería querer explicar la esclavización y el exterminio de los pieles rojas partiendo en primer lugar de las características individuales de los Padres fundadores de los EEUU, o querer deducir los bombardeos estratégicos y atómicos que se emplean contra las ciudades alemanas y japonesas remitiendo a la naturaleza perversa de Churchill, F. D. Roosevelt y Truman. Así como sería igualmente insensato querer explicar el horror de Guantánamo y Abu Ghraib a partir de la adolescencia o infancia de Bush jr.
Pero volvamos a Stalin. ¿Rechazar el enfoque que interpreta todo en clave de crímenes o locura criminal, así como de traición de los ideales originarios, es sinónimo de embotamiento moral? Los historiadores actuales discuten todavía sobre personalidades y acontecimientos que remiten casi a hace dos milenios: ¿tendríamos que suscribir sin dudarlo el retrato siniestro que la aristocracia senatorial por un lado, y los cristianos por el otro, han contribuido a trazar de Nerón? En especial: ¿tenemos que considerar indudable la propaganda cristiana que acusaba al emperador romano de haber provocado un incendio en Roma para culpar y perseguir a los inocentes seguidores de la nueva religión, o quizás -como sugieren algunos investigadores- en el ámbito del primer cristianismo latían corrientes apocalípticas y fundamentalistas, que aspiraban a ver reducido a cenizas el lugar por excelencia de la superstición y el pecado, y deseaban acelerar el cumplimiento de sus ansias teológico-escatológicas ? Hagamos un salto hacia adelante de varios siglos. Respecto a la gran persecución anticristiana desencadenada por Diocleciano, los historiadores continúan preguntándose: ¿era sólo el resultado de un odio teológico inexplicable y ajeno a las tradiciones romanas, o jugó un papel importante la preocupación real por el futuro del Estado, cuya fuerza militar se veía minada por la agitación pacifista cristiana, precisamente en el momento en el que más amenazador era el peligro de las invasiones bárbaras? Los historiadores que se plantean estas preguntas difícilmente son acusados de querer minimizar la persecución sufrida por los cristianos o de querer devolver a estos últimos a las fieras y a los tormentos más atroces.
Desgraciadamente, analizar críticamente la historia sagrada del cristianismo es más fácil que expresar dudas sobre el aura sagrada que tiende a envolver la historia de Occidente y del país que lo lidera; a causa de la distancia temporal bastante más grande y del impacto más reducido sobre los intereses y las pasiones del presente, es más fácil comprender las razones de aquellos que han sido arrollados por el cristianismo que buscar aclarar las razones de aquellos cuya derrota ha allanado el camino para el triunfo del «siglo americano». Esto explica el peso que demonización y hagiografía continúan ejerciendo en la lectura del siglo veinte y la persistente suerte de la que goza el culto negativo de los héroes.

martes, 5 de abril de 2011

Formas de la felicidad

Ver, por ejemplo, a Anna Karina (y Claude Brasseur y Sami Frey) en Bande à part, en ese momento en que nada todavía declina, nada se degrada, nada decepciona.


Café! Dance scene from Bande à Part (1964)
Arthur sigue mirándose los pies, pero su mente está en la boca de Odile y sus románticos besos.
Odile se pregunta si los chicos notan sus pechos moviéndose bajo su suéter.
Franz piensa en todo y en nada. Se pregunta si el mundo está convirtiéndose en un sueño o el sueño... en el mundo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Otra vez la vieja estafa

El ardor bélico occidental -siempre tan presto, tan entusiasta- vuelve a entonar sus tribales cánticos de guerra, es decir, de muerte y destrucción. Ahora le toca a Libia. Solo los ingenuos, o los fanáticos, pueden pensar que lo que aquí se está dirimiendo es la defensa de un pueblo inerme frente a la furia genocida de un gobernante vesánico. Las informaciones que nos llegan pueden ser contradictorias, pero no parece haber trazas, por lo de ahora, de un genocidio en marcha, tal y como irrazonablemente se nos quiere dar a entender desde el frente mediático de la maquinaria bélica. Todo esto suena a disco rayado, a enésima variación sobre los mismos motivos justificativos de la enésima agresión imperialista, que aprovecha el rechazo generado por un personaje reprobable en muchos aspectos para encubrir el auténtico objetivo de la invasión (¿hace falta decir cuál es? ¿ya nos nos acordamos de Iraq?). Los viejos crímenes, y las viejas mentiras, ritualmente repetidos para consumo de una ciudadanía occidental cada vez más átona e indiferente, cuando no decidida partidaria del nuevo espectáculo -formato "hazañas bélicas"- que se avecina. Falta que nos vendan las gafas para que podamos verlo en 3D.
En cualquier caso, inserto aquí un vídeo que sirve para poner en cuarentena (o, por lo menos, en una cierta duda) el aluvión propagandístico que nos aflige.

sábado, 19 de febrero de 2011

domingo, 16 de enero de 2011

"Moonrise" de Frank Borzage

La oportunidad de ver Moonrise de Borzage (un descubrimiento para mí comparable al que en su momento –ay, ya bastante lejano- supusieron obras como Retorno al pasado o La noche del cazador, por recordar dos películas que me vinieron a la memoria en más de una ocasión a partir de determinadas atmósferas y aislados rasgos temáticos) permite enriquecer con inesperados ángulos visuales y genéricos la idea que habitualmente se tiene de su director, responsable de algunos de los melodramas más inspirados del cine de Hollywood. Hay melodrama, desde luego, en Moonrise, pero injertado en una estructura narrativa asimilable al film noir, que despliega su impronta fatalista y su nítido recorrido moral en el opresivo ambiente de una comunidad sureña en la que los fantasmas de viejas damas deslizan todavía sus polvorientos miriñaques por los salones de abandonadas y ruinosas mansiones.
Una breve secuencia puede darnos una idea de la riqueza visual y de significados, de la sobrecogedora fascinación.



Se abre con uno de los motivos recurrentes de la película, el plano de unas piernas caminando, que remite a uno de los temas mayores del film, el de la “maldición de la sangre” (la película comienza con los pasos hacia el patíbulo del padre del protagonista, ejecutado en la horca por asesinato, condena que la sociedad proyecta sobre el hijo en forma de continuos recordatorios a través de las burlas y agresiones de sus compañeros de escuela, herencia maldita que Daniel Hawkins arrastrará a lo largo de los años), pero en esta ocasión pertenecen, no al protagonista, sino a un conmovedor personaje secundario, Billy Scripture, joven deficiente y sordomudo al que Daniel siempre ha protegido de la crueldad de su entorno y cuyo aislamiento sensorial y afectivo es un eco punzante del aislamiento social del protagonista.
El momento en que Billy coloca los pies en las huellas que él mismo había dejado sobre el cemento fresco en su infancia es un ejemplo de sutil escritura dramática en el que su conciencia se ve confrontada inopinadamente con el misterio del crecimiento y del cambio, un hecho que en el presente perpetuo en el que vive no puede ser considerado sino un enigma irresoluble y cuya concomitancia con el destino del protagonista es clara: también él vive en el “eterno retorno” de la condena del padre y solo podrá crecer cuando se libere de la sombra paterna (literalmente, pues en la escena inicial las sombras de la ejecución del padre se transforman sin solución de continuidad en la sombra de un muñeco cuyo movimiento pendular sobre la cuna aterroriza al hijo que en ella dormía). Esta liberación únicamente tendrá lugar una vez que el padre deje de ser un contorno fantasmal y asuma un rostro real, el de un hombre que tomó sus propias decisiones y se responsabilizó de las consecuencias, al igual que deberá hacer el hijo.
El resto de la secuencia me parece antológico (aclaremos simplemente que Daniel quiere recuperar una navaja incriminatoria que ahora está en posesión de Billy): el juego de luces y sombras y la planificación -ese primer plano que nos golpea con furia concentrada- recrean un escenario turbulento de vaivenes dramáticos en el que la desesperación y el remordimiento de uno, frente al desvalimiento y perplejidad del otro, ejecutan una frenética contradanza de claroscuros emocionales pautados con una maestría cuyo secreto el cine americano parece haber perdido hace ya muchos años.

sábado, 27 de noviembre de 2010

En torno a "Blanco nocturno" de Ricardo Piglia



Como de esta espléndida novela se ha escrito bastante (y más que se escribirá), propongo aquí un breve merodeo en torno a algunos ángulos de reflexión que me parecen poco explorados hasta ahora, por lo menos por las catas un tanto atropelladas que he hecho en esa Cosa inmensurable que llamamos internet.



(1. ¿Pato o conejo?)
Hacia la mitad de la novela el comisario Croce, uno de sus personajes centrales, enuncia con limpieza y espíritu juguetón lo que podríamos considerar una clave epistemológica fundamental. Partiendo del dibujo de una de esas ilusiones ópticas en el que pueden reconocerse tanto un pato como un conejo, se formula esa especie de platonismo gnoseológico que sostiene teóricamente el argumento policial de la novela (en cuyo disparadero está el asesinato de Tony Durán, el forastero portorriqueño que agita con su llegada las enrarecidas aguas de la comunidad provinciana de la Pampa argentina en la que transcurre la novela):
Todo es según lo que sabemos antes de ver. […] Vemos las cosas según las interpretamos. Lo llamamos previsión: saber de antemano, estar prevenidos. […] Hay que tener una base y luego hay que inferir y deducir. Entonces -concluyó- uno ve lo que sabe y no puede ver si no sabe… […] Comprender -dijo cuando salió de ahí- no es descubrir hechos, ni extraer inferencias lógicas, ni menos todavía construir teorías, es sólo adoptar el punto de vista adecuado para percibir la realidad. (p. 43)
(2. La política de la verdad)
De esa deriva narrativa en la que se hace depender la comprensión de la elección del punto de vista, podríamos hacer una lectura “liberal” y posmoderna que consagraría un relativismo epistemológico, una equivalencia axiológica de los diversos enunciados que pueden afirmarse sobre una situación. Creo, sin embargo, que lo que aquí se explicita es una denegación del positivismo del saber convencional, de la lógica de la inducción y deducción, en favor del carácter performativo de la verdad, dependiente en último término de una decisión no razonada, abismal, del sujeto involucrado. La verdad no se disuelve en la proliferación de los puntos de vista, sino que surge –o más bien  irrumpe- del compromiso del sujeto que la sostiene, de esa torsión perceptiva a partir de la cual todos los elementos de una situación se reordenan para ser objeto de una inédita legibilidad que funciona como una auténtica re-velación (y las connotaciones religiosas del término no son casuales).

(3.La novela mutante)
De hecho, la estructura de la novela se resuelve en un deslizamiento de modelos discursivos y de capas concéntricas que en el movimiento de aproximación a su centro de imantación (el ingeniero Luca Belladona, el germen inicial del proyecto de Piglia) parece comportarse casi como un tránsito hacia una revelación de contornos mesiánicos. Hay, en primer lugar, una mutación de la crónica social, de esa trama de saberes movilizados tras el asesinato de Tony Durán en pos de sus huellas inciertas, a la crónica policial (cuyo eje es el comisario Croce) en la que se evidencian las inconsistencias de la historia oficial que se quiere imponer sobre el crimen. El auténtico quiebro se produce, sin embargo, con la irrupción intrusiva (escandalosa, diríamos) del discurso visionario de Luca Belladona, ese constructor de prodigios o “creacionista” industrial, que nos confronta inopinadamente con un acontecimiento-verdad (en el sentido que tiene el término en Badiou; es el mismo territorio al que se hace referencia en la nota 18 del libro: la segunda ética lukacsiana, esa ética trascendente que lleva, en palabras de Kierkegaard, “al crimen, a la locura y al absurdo”) que debela la lógica social en la que hasta entonces nos movíamos e impone una tensión utópica que la maquinaria judicial y política tratará por todos los medios de sofocar.

(4. Los iniciados)
El carácter revolucionario de esa irrupción se concreta en el texto a partir de su matriz teológica: así, la figura de Cristo y sus apóstoles se convierten en el germen de toda vanguardia política (“sólo un pequeño grupo de iniciados, una extrema minoría, puede guiarnos a las altas verdades ocultas”) y es en su ejemplo que puede elaborarse una política de la verdad:
“Y dijo Jesús: «Para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad, todo aquel que pertenece a la verdad, escuchará mi voz.» Y le contestó Poncio Pilatos: «¿Qué es la verdad? ¿De qué verdad hablas?» Y luego se dirigió a los jueces y a los sacerdotes: «Yo no veo en este hombre ningún delito.»” - Schultz alzó la cara del libro-. Luca vivió en la verdad y en la busca de la verdad, no era un hombre religioso pero fue un hombre que supo vivir religiosamente. La pregunta de nuestro tiempo tiene su origen en la réplica de Pilatos. Esa pregunta sostiene, implícita, el triste relativismo de una cultura que desconoce la presencia de lo que es cierto. La vida de Luca fue una buena vida y debemos despedirlo con la certeza de que lo iluminó la esperanza de alcanzar el sentido en sus obras. (p. 293)
Pero esa comunidad excéntrica está inficionada desde el origen por la sospecha de la traición, que dispara una lógica de la paranoia trágicamente común a tantas experiencias revolucionarias:
Pero ese círculo iniciático de conspiradores –que comparten el gran secreto- actúa con la convicción de que hay un traidor entre ellos y por lo tanto dice lo que dice y hace lo que hace sabiendo que va a ser traicionado. Lo que dice puede ser descifrado de múltiples formas, incluso el traidor desconfía del sentido expreso y no sabe bien qué decir o qué delatar. (pp.229-230)
El recorrido trágico de la novela se cumple en el destino de Luca, devorado al fin por la trama a la que se enfrentó con obcecación suicida, incapaz de asumir la traición que él mismo se infligió al verse obligado a sacrificar una víctima para la prosecución de su proyecto:
Los vecinos lo miraban cruzar, en silencio, el pasillo, eran sus viejos conocidos, y estaban tranquilos y parecían magnánimos porque al hacer lo que Luca había hecho –luego de años y años de lucha imposible, sostenido en un orgullo demoníaco- el pueblo había logrado que tuviera que capitular y ahora se podía decir que era igual a todos”. (pp.280-281)
(5. Lo imaginario y lo irreal)

Esta verdad en la que vivió Luca (la persecución insomne de sus sueños) desvela a contraluz la falsedad de un sistema social, político y económico que funciona como una maquinaria de producción de irrealidades. La distinción que se hace en el texto entre la dimensión imaginaria y la abstracción de lo irreal es iluminadora:
Lo acusaban de ser irreal, de no tener los pies en la tierra. Pero había estado pensando, lo imaginario no era lo irreal. Lo imaginario era lo posible, lo que todavía no es, y en la proyección al futuro estaba, al mismo tiempo, lo que existe y lo que no existe. Estos dos polos se intercambian continuamente. Y lo imaginario es ese intercambio. Había estado pensando. (pp. 232-3)
A lo imaginario que sostiene el impulso utópico y construye objetos soñados (realiza los sueños), se enfrenta lo irreal de un sistema económico edificado sobre la especulación financiera y sus operaciones abstractas, cuyo objetivo es la autorreplicación vacía de lo mismo, un flujo exponencial monetario en que se sustancia ilusoriamente el intercambio espectral de la globalización digital. Se puede intuir aquí la proposición de una identidad especulativa entre la irrealidad del capitalismo transnacional y la autorreproducción de la naturaleza, allí “donde los productos no son productos sino una réplica natural de objetos anteriores que se reproducen igual una y otra vez”. En todo caso, la relación explícita que se establece entre la reaccionaria mitología del gaucho (esa arcadia pastoril y patriarcal que alimentó buena parte de la literatura argentina del siglo pasado) y el expolio del campo argentino por la clase propietaria en el ámbito de la globalización neocapitalista es una de esas intuiciones cuya agudeza sólo es comparable a su efecto corrosivo:
El viejo [el padre de Luca] quería que todo siguiera igual, el campo argentino, los gauchos de a caballo, aunque él también por supuesto había empezado a girar los dividendos al exterior y a especular con sus inversiones, ninguno de los terratenientes era un caído del catre, tenían sus asesores, sus brokers, sus agentes de bolsa, iban donde los llevaba el capital pero nunca dejaron de añorar la calma patricia, las tranquilas costumbres pastoriles, las relaciones paternales con la peonada. (pp. 89-90)
(6. La máquina polifacética)

Podríamos (deberíamos) extendernos mucho más en torno a esta “máquina polifacética” de narrar en múltiples registros y niveles, combinatoria de géneros y discursos (el policial, la novela familiar, la tragedia griega, el ensayo, la novela política…). Podríamos (deberíamos) hablar de los ecos de Faulkner y las indeterminaciones en la textura de su registro oral, de El sueño de eterno de Raymond Chandler como origen para la configuración de la situación familiar de los Belladona, de las resonancias de Bernhardt en el discurso alucinatorio de Luca (¿no es posible rastrear ahí también una referencia al Adrian Leverkühn de Mann?). Podríamos (deberíamos) hablar de los personajes construidos sobre la dualidad y la fractura (ahí el modelo es el de las gemelas Belladona, en cuya trayectoria podemos leer la aspiración desesperada a suturar la escisión e invertir el desdoblamiento de una identidad mítica e imposible), exiliados todos ellos –Tony, Yoshio, Croce, Luca, también Renzi, al alter ego de Piglia y testigo de las sucesivas derrotas- en un mundo del que nunca pudieron dejar de sentirse forasteros.
Tal vez otro día.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Poema

Hace ya dos años que escribí una gavilla de poemas que solo algún que otro amigo ha leído. Este que recojo en el blog siempre me ha gustado especialmente; si no otra virtud, no habrá de negársele la brevedad y, me atrevería a decir, una cierta transparencia "japonesa". Hasta ahora, creo, lo habían leído dos personas. Calculo que a partir de este momento seguirán siendo aproximadamente las mismas.

El viento ha sabido destejer esta
memoria, limpiar
la minuciosa herrumbre del engaño.
En la tarde ciega se borra
como un rocío culpable.

Este rastro de sombras.

Vibran las hojas con dolor manso
y la muerte
lame la corteza del cerezo.
Ya pronto empezará
la desnuda ceremonia del frío.