Hace ya unos cuantos años, con motivo de la publicación de su poemario
La vieja munición, el compañero y amigo José María Castrillón me pidió que presentase el libro en el instituto de Cangas del Narcea, del que había sido profesor durante bastantes años. Este es el texto que preparé en aquel momento.

Antes
de comentar este poemario, cabría hacer una advertencia, más que nada para
curarme en salud. Toda lectura, toda interpretación de una obra literaria, es
en cierto modo una traición. Y lo es por dos motivos fundamentales. En primer
lugar, porque es ineludiblemente subjetiva. No existe, no puede existir, una
lectura objetiva del texto literario. Puede haber lecturas más o menos
canónicas o consensuadas por un mayor o menor número de lectores, e incluso
pueden contar con el asentimiento del autor (algo que, por cierto, no sé si
sucederá en este caso). Pero es el lector, en última instancia, quien elige
desde el territorio de su subjetividad la vía de acceso y el camino que seguirá
en su recorrido por la materialidad del texto que se le ofrece. Roland Barthes decía, en una afirmación ya
clásica en la hermenéutica literaria, que al texto "se accede por
múltiples entradas sin que ninguna de ellas pueda ser declarada con seguridad
la principal". El lector, por tanto, selecciona, recorta, ilumina unas
zonas y deja otras a oscuras, deambula, en ocasiones sin demasiada certeza, por
los senderos que va desbrozando y re-crea el texto, fabrica otro texto en que
pueda reconocerse.
Y
por otro lado, y este es el segundo motivo al que me refería, no podemos
olvidar que la ambigüedad es un constituyente esencial del signo literario, y
más aún del poético, en el que aquel se ahonda e intensifica. En la palabra
poética, la dimensión comunicativa del lenguaje, sin dejar de ser uno de sus
componentes, pasa a un segundo plano, es relegada en favor de ese momento
creativo, vertiginoso, en que la lengua se aventura por territorios donde
experimentar con sus límites y sus capacidades. La poesía es el lugar donde la
palabra se sueña a sí misma. Y pocas cosas hay más ambiguas y más resbaladizas
que los sueños.
El
título del libro La vieja munición,
un título espléndido, nos pone ya sobre la pista de los recorridos que van a
transitar sus poemas. Memorial de la experiencia, individual y también
colectiva; diorama de presencias, personas y lugares, esa munición del título
es la que constituye el suelo existencial del sujeto, su hogar, su espacio
nutricio. En ella el poeta se reconoce, y también se desconoce. Recuerdo que en
una película de Woody Allen, el Woody Allen de los buenos tiempos, Otra mujer, el personaje principal
terminaba preguntándose y preguntándonos a los espectadores, si un recuerdo era
algo que se tenía o algo que se había perdido. El pasaje de la memoria es
también un pasaje de pérdidas, de ausencias, de huecos. El tiempo, protagonista
secreto de este poemario, presenta una doble faz: articula el tránsito vital
del sujeto, es el cauce de su devenir, pero -también- cancela sus posibilidades, va cerrando puertas, instaura
una economía de pérdidas y ausencias. Se nos dice en un poema del libro:
[...]
arderá el círculo de la tierra al descubierto
lo que dure el desmonte de tu vida.
Difícil
expresar de una manera más hermosa, más estremecedora, la conciencia de la
temporalidad: la vida como desmonte, como acumulación de residuos y materiales
de derribo, como escenario de una consunción. Y un horizonte irrebasable: la
muerte. También ella, la
Ausencia por antonomasia, nos constituye.
Es
importante, creo, hacer en este punto un par de consideraciones. Si bien he
hablado de un recorrido por la memoria, no podemos, sin embargo pensar que
estamos ante una poesía autobiográfica o ante una poesía de la experiencia,
como ha sido llamada, por lo menos no en el sentido usual del término. Aunque
los poemas puedan acoger experiencias del poeta, lo hacen después de haberlas
sometido a un proceso de depuración y universalización, cabe decir, de
esencialización. No hallaremos aquí nombres propios, figuras o anécdotas de
perfiles concretos y reconocibles. El poeta los ha despojado de toda
referencialidad inmediata y puntual, los ha descarnado para dejarlos reducidos
al hueso, a su núcleo duro, esencial, universal. Diríamos que hay una raíz en
la experiencia, pero luego el poema se despliega y se distancia de ella.
Por
otro lado, si las experiencias, los instantes, las presencias y recuerdos
convocados van dibujando y recortando los contornos del sujeto que en ellos se
quiere reconocer, cabría preguntarse por la naturaleza última de ese sujeto así
constituido. Se produce aquí una dialéctica entre la interioridad de la
conciencia y la exterioridad del mundo, entre el yo y la otredad. En esa
relación, en ese anudamiento, no existe ni oposición ni preeminencia o
anterioridad del uno sobre el otro, sino que, como en la cinta de Moebius, lo interior
y lo exterior conforman un continuo que se materializa en el acto de la
escritura. Así leemos en el poema
titulado Calles antiguas:
Si
han sabido adelantarse a los ojos
[...] tirar de mí hasta los fondos del día
[...] si han accedido a saber de mí
sabré yo ser digno de partir su cauce con mi
voz.
Es
el mundo, pues, el que apela a la voz poética para que ella le dé cauce y
presencia, pero es su presencia la que ha conformado a la mirada. Esa
conciencia volcada hacia la exterioridad, esa identidad atravesada por el otro
y por el desorden de la realidad, se podría homologar con la conciencia
definida por el existencialismo como una nada activa, como espacio vacío que
será ocupado por los sucesos externos. La intimidad, pues, queda cancelada o,
dicho de otro modo, se convierte en teatro del mundo.
De
hecho, los espacios que se van articulando a lo largo del libro y en los que
resuena y habita la voz poética conforman diversos escenarios que se solapan
entre sí, como las ondas concéntricas que se generan en la superficie del agua.
Así, en algunos poemas aparece el espacio de lo social, donde un sujeto
colectivo toma la palabra y hace acto de presencia una figura de resonancias
casi míticas: es el herrero, protagonista de una especie de épica en su esfuerzo por dar forma a la materia, y que en
cierto modo se constituye en una metáfora del empeño de la propia voz poética
por dar sentido a lo real. Esta determinación, que no obtiene respuesta definitiva,
adopta la forma de una pregunta siempre renovada, infinita. Del poema Los hijos:
En
las fraguas bate la misma pregunta,
[…]
un renovado esfuerzo contra el hierro,
otro
golpe.
Aún
seguimos aquí los hijos del herrero.
También
aquel fuego.
En
relación con lo anterior, se despliega a lo largo del libro una suerte de
tentativa de hacer una historia mitológica y también cotidiana de la ciudad,
del espacio urbano. En el poema Fundación
de la ciudad hay como un relato
mítico, en escorzo, en forma de pregunta, sobre su origen, a partir de la
quietud antes indiferenciada de la tierra. Como una especie de Génesis urbano y social:
Qué
amparo cubrió lo que era quietud
qué
veta del aire / se dio en palabras,
qué
mineral y qué palabras nuevas.
Bajo
la sola claridad
quién
de
un golpe contra la tierra
consagró
lo que era la entera quietud.
En
otros poemas, la ciudad se va a revelar como defensa contra la intemperie, como
lugar humilde en que los individuos hacen campamento y luchan contra el frío y
la necesidad. No hay aquí tono celebratorio, sino reconocimiento de nuestra
vulnerabilidad, de nuestra condición efímera y provisional, de la cual la
ciudad se convierte en espejo.
El
otro espacio fundacional del sujeto es el ámbito de la familia, convocada
principalmente a través de la presencia de los padres. Son lugares,
instantáneas, gestos, recuerdos que recrean una geografía familiar
indeterminada, los rincones de una posible memoria, más que sentimental, de
sensaciones, que se convierte también en un itinerario de iniciación y
aprendizaje en la ausencia y el abandono.
El espacio familiar termina diluyéndose en un espacio de soledad. En el
poema titulado Madre, podemos leer:
No
estabas al otro lado:
eras
tú la puerta que yo abría
sin
verte,
la
misma puerta que se cerraba tras de mí
convocando
al silencio.
Ya
en el poema inaugural, Baile junto al
pantano, se tematiza el silencio como una amenaza y un destino inevitable.
Los padres enlazados en unos pases de baile, contemplados por los ojos
entregados y enamorados del niño, son en cierto modo desplazados del centro del
recuerdo, que pasa a ser ocupado por una presencia ominosa, ciega, opaca:
las
aguas del pantano, agua que no ama las luces ni la música:
contra
sí las deshace
como
a su propio sueño.
Vemos
cómo ese espejo oscuro y silencioso de las aguas espectraliza las figuras que
en él se reflejan y marca un límite al mundo representado, lo contamina de
irrealidad, lo enfrenta a su propia disolución. A partir de aquí, todo el libro
es recorrido por una trama oculta de ausencias, por una latencia de sombra y silencio
que constituye el revés de la representación y a la que no puede escapar la voz
del poeta en su empeño de dar nombre a las cosas. Del último poema del libro
entresaco estos versos:
El
horizonte en su desconcierto
ha
renunciado a que le demos nombre
y
mendiga ya siquiera
el
silencio infinito de las aguas.
Se señala así la frontera última del
espacio que engloba a los demás, el propio espacio de la escritura. La tarea de
nombrar el mundo, la tarea poética, siempre inconclusa, se recorta contra el
fondo del silencio al que habrá necesariamente de regresar. Estos poemas de
dicción densa y concentrada, trabajados
con la vocación minuciosa del orfebre, tensados en ese bastidor de silencio,
son, por tanto, el testimonio de un empecinamiento, de una cierta resistencia: de una pasión, en definitiva. Una pasión sin duda inútil, pero siempre necesaria.